Ángulos muertos

Subió al autobús sobre las 9:00 de la mañana. Llevaba un pantalón beige y una camisa de cuadros azules. Limpio, digno, cristalino. Supe que había una mujer detrás de todo aquel trabajo. Me dio los buenos días, pasó la tarjeta y se quedó mirando hacia delante. Me pareció raro, la gente no se queda ahí si no es para preguntarte algo, un horario, una parada, un yo conozco a alguien que trabaja aquí. Pero no preguntó nada. Había algo raro en él y en su manera de disociar, porque no estaba allí, estaba lejos, no sé, quizá atravesando un túnel del que esperaba algún día salir. Pero sin salir. 

- No voy a bajar. No voy a ningún sitio.
- Vale. No hay problema.

Silencio. 

Semáforo en rojo. Me dijo: Detrás de la nave de frutas hay una casa. Se ve desde este autobús. Solo quiero pasar por delante y mirarla. 

No dije nada. La gente a veces dice cosas raras. Cosas que es mejor no entender. Cosas que deben quedarse en el autobús y viajar junto con todas las otras cosas que la gente va dejando allí cuando habla. Sin embargo nació en mí la necesidad de saber qué pasó en la casa, qué hubo en esa casa. 

Silencio otra vez.

Empezaba a sentirme bastante incomoda. Tenía a una persona a mi lado, de pie, agarrada a la barra amarilla de un ala de la puerta, ingeniándoselas para mantener el equilibrio y balancearse lo menos posible en cada curva.
Al fin habló. Arrojó una frase que se estrelló contra el cristal y resbaló hasta el suelo dejando un rastro de letras tras de sí. 

-Mi hija murió allí. 

Sentí la humedad de sus palabras. Las respiré. Y un filtro granuloso y gris oscureció la atmósfera. Seguía sin saber qué decir. ¿Qué podía decir? La frase goteaba hasta el suelo como una hemorragia que no se podía parar. 

Se sentó. Yo hice el trayecto más despacio de lo habitual con la intención de alargar su paz, pero a lo mejor lo que alargué fue su agonía, ya no lo sé. 
Dejamos atrás la ciudad y empezamos a ver caminos de tierra, granados de los que brotaban pequeñas hojas rojas que parecía que iban a arder de un momento a otro, naranjos, campos de flores blancas, campos de flores amarillas, un abeto, dos perros ladrando desde una verja, una mujer paseando con una caña en la mano, seis ciclistas. 

Al girar en el cruce el almacén quedaba a la derecha. Faltaban aún unos metros para llegar, le observaba de reojo para comprobar en qué dirección miraba, después lo hacía yo buscando la casa. ¿Era esa? No.. Quizá esa de allí entonces.. Tampoco.. El almacén se acercaba, la casa se acercaba, pero no pasaba nada. De repente se levantó y se puso a mi lado dándome la espalda, mirando a través de los cristales de la puerta agarrado a las barras amarillas.  Obligado a tener que morir después, incapaz de ponerle fin a un duelo que dura más que la vida de su hija, quedó envuelto para siempre en el velo amarillento del recuerdo de aquella hora fantasmal que nunca acababa. 

-Es esa. 

Era esa. Pasé despacio. No se movía. Le oí decir algo. Algo pequeño y suyo. Algo que hice por no entender, por no saber. Algo que no quería llevarme conmigo.  

- Fuimos a verla ese día. Nos dijeron que se había ido a descansar porque no se encontraba bien. Mi mujer entró a la habitación para despertarla, para avisarla de que habíamos llegado. Cogió a su madre de la mano, se incorporó y se fue.

No sé si sintió alivio pero yo sentí sobre la espalda el peso de una muerte que no debía ser. El sinsentido de la vida, de lo extraño y lo cruel de quien se agarra a lo que desea ver vivo y muere cada día. 

Y nos fuimos nosotros también. Como ella. Despacio. Sin hacer ruido. Huyendo. O avanzando. Con el alivio silencioso de que ya podíamos dejar ir el tristísimo momento de sabernos vulnerables. Fugaces. Tan poco eternos. Hoy o mañana. No sé. No sabemos. Quizá nosotros también. Nos vamos yendo. Quizá.



Ya lo estemos haciendo. 








Comentarios

Entradas populares de este blog

Solsticios y vacíos

Daguerrotipias

Salida de emergencia